Los vegetarianos son gente maja, en general. Se les nota andar por la vida sin complejos, emanando un aura (perdón por el palabro) de bonhomía y buenrrollismo general que contagia y nos llena de optimismo y bienestar. Bastantes de los que conozco son consumidores de porros monumentales (ya se sabe, la cosa de la hierba…) y quizá eso es lo que les dota de esa apariencia apacible y bonachona. Pocos hay que amen a la Naturaleza más que ellos, se llevan bien con todo el mundo y son gente con principios.
Sin embargo suelen tener el defecto de ser demasiado proselitistas, y siempre quieren ir más allá: proponen su dieta como guía personal, pero además como el único ideal para conseguir el desarrollo integral del Hombre, su comunión con la Madre Natura y su progreso moral, ético y social. Eso no es malo, en absoluto, pero para mí que andan pelín descarriados.
Porque en ese asunto del progreso humano no son nada originales, persiguen lo mismo que yo. Por eso nunca me lanzaría al monte armado con un arco y unas flechas para matar un jabalí que me sirviera de comida. A lo mejor me comía él a mí, con lo cual pobre iba a resultar el progreso de la humanidad, al menos en lo que a mí se refiere. Así que mejor opto por acercarme al bicho y pegarle un tiro, o socarrarle el cerebro con una buena descarga eléctrica, o algo similar, siempre que no sufra, que tampoco hay que pasarse.
La vuelta a lo natural me parece de lo más recomendable. Y si eso conlleva comer frutas y verduras, legumbres y algas, mejor que mejor. Pero sé que hoy estoy aquí gracias a que mis antepasados se dedicaron un día a recolectar, sí, pero también a cazar, y aprendieron a usar armas, primero para defenderse y después para aprovisionarse de carne para su alimento (o al revés, que para el caso lo mismo da). Por eso la Madre Naturaleza y la Evolución les proveyeron de colmillos para desgarrar y de fuertes dientes y mandíbulas, ácidos poderosos en el estómago para una digestión que durase de media un par de horas (no catorce), les permitió erguirse -entre otras cosas para poder huir y para poder perseguir piezas móviles, o sea. bichos- y no les dotó del triple estómago de un rumiante o de los delicados buches de un palomo. Por eso mis antepasados africanos pudieron recorrer y colonizar el mundo entero, persiguiendo su alimento tras las grandes manadas de hervíboros en migraciones espectaculares, porque si se hubieran especializado únicamente en la recolección de frutos estacionales, sujeta a cambios climáticos impredecibles, o se hubieran establecido en un espacio fijo para cultivar vegetales y frutos, su expansión se habría visto quizá frenada para siempre.
[Inciso: por cierto, parece ser que por eso algunas religiones prohiben el consumo de carne de ganado estabulado, porque frena la expansión y fomenta el sedentarismo. Pero eso es otra historia, que diría aquel]
Y algo importante, también: si nos hubiéramos quedado en la recolecta, hace tiempo que a nuestros antepasados vegetarianos se los habría merendado cualquier depredador más poderoso que él, y ahora nuestra especie sería historia.
La Naturaleza es maestra, enseña y procura nuestro progreso, y debe hacerlo bastante bien cuando, al menos que yo sepa, no existe en el mundo ninguna tribu o comunidad estrictamente vegetariana. Todo el mundo caza, en mayor o en menor medida. Y si los “naturalistas” vuelven la mirada románticamente a estas comunidades, como envidiando su natural manera de vivir, que recuerden que matan animales, y frecuentemente no de manera tan aséptica como nosotros hoy en día, sino con flechas envenenadas, trampas mutilantes y otros métodos de tortura sin refinar.
Y la Evolución nos ha convertido, a lo largo del tiempo, en los seres más hedonistas de la Tierra: disfrutamos con los sentidos, y el gusto es uno de ellos. El sabor está en la grasa y en las proteínas, eso lo saben todos los nutricionistas, y si bien las alcachofas al horno son bocatto di cardinale, donde haya un buen solomillo de ternera argentina o gallega o asturiana, jugosito y tierno, pues que le vayan dando a las pencas de acelga…
Y digo yo: ¿qué habrá de malo en una parrillada de verduras seguida de un tremendo chuletón de buey a la brasa, eh? Pues eso.