Debo reconocer que, últimamente, y a pesar de sus proverbiales raíces deminonónicas, la homeopatía se está apuntando a la corriente de la modernidad. Así, ya no sólo se imparten cursos vía telefónica –como he descrito en la entrada anterior de este mismo blog-, sino que también se emiten diagnósticos y remedios por correspondencia. Dentro de nada los homeópatas tendrán en el e-mail su instrumento más certero de prescripción y veremos inundada la Red de historias clínicas, todas ellas con nombre y apellidos.
Volvamos a la correspondencia. Por extraño que pueda parecer, fue uno de los fundadores de la corriente homeopática denominada unicista quien determinó, no la idoneidad del sistema, pero sí su aprobación y práctica. El Dr. James Tyler Kent estableció que la enfermedad se produce como consecuencia de la desarmonización de las energías vitales del cuerpo, y que en ella influyen tanto los síntomas locales como los globales. El paciente debe ser objeto de estudio en su integridad, física e intelectual, y en todo lo referente a su salud y a su vida en general, hábitos, costumbres, modo de vida, relaciones personales, vecinales, institucionales, hábitos alimentarios, etc. El estado general del paciente -agudo, crónico, leve…- determina la dosificación del medicamento, en este caso únicamente el Simillimum, es decir, el que produzca sintomas similares en una persona sana.
Y en esto que el Dr. Tyler va y escribe en un artículo lo siguiente:
“Para conseguir este resultado deseable cada caso tiene que ser individualizado, cada síntoma desde la cabeza hasta a los pies, tiene que ser indicado, cada variación de la salud tiene que ser conocida. Cualquier cosa que no esta como tendria que estar es un síntoma y tiene que ser apuntada. La imagen completa de la enfermedad no puede siempre ser indicada en un relato escrito, entonces el médico tiene que ver el paciente al menos una vez. Pero como muchos pacientes quieren ser curados por correspondencia, de hecho en ciertas circunstancias el mismo buen resultado puede ser conseguido por el paciente escribiendo sus síntomas mas sobresalientes, marcados, peculiares y característicos de la misma enfermedad.” [La negrita es mía]
El Dr. Tyler elaboró a tal fin un cuestionario en el cual se fijaban las preguntas mínimas a las que el paciente, cómodamente desde su domicilio, tenía que responder por escrito para explicar su dolencia y permitir al doctor emitir un diagnóstico certero.
Esto puede parecer una solemne tontería, y en verdad que lo es, ya que normalmente es dificilísimo para un lego explicar, y menos aún describir epistolarmente, algunos síntomas o padecimientos concretos. Imaginad a un afectado por hemorroides explicarle por carta al doctor cuáles son sus síntomas: el tamaño, color y hedor de las pústulas, la localización exacta de las mismas, si siente dolor al aplicar presión en la zona, y cómo de grande es dicha presión, si es mucha o poca o muy poca o una barbaridad, si le impide sentarse con normalidad o no o hacia qué lado del sillón inclinarse para no sentir molestias, si sangra mucho o casi nada (¿cuánto es “mucho”?)… En fin, multitud de síntomas que, independientemente de la enfermedad de que se trate, suelen ser en muchas ocasiones más consecuencia de la subjetividad y el sentimiento del paciente que muestras efectivas y concluyentes de que se padece alguna enfermedad.
Pero esto, aún siendo grave y paradójico, no lo es tanto si revisamos los postulados y principios de la homeopatía, y su práctica digamos forense. En efecto, uno de los fundamentos más sólidos con los que cuenta esta pseudociencia, aspecto incluso reconocido como virtud por la mayoría de sus detractores, es el contacto directo con el paciente, la relación personal, la afectividad, el trasiego de ida y vuelta de confianza y fe entre homeópata y paciente. Esta cercanía no sólo procura en el paciente un sentimiento de empatía, y que nadie duda que contribuye en gran manera al posterior desarrollo y eventual mejora de la enfermedad, sino que es fundamental para que el homeópata pueda desarrollar toda su sapiencia interrogatoria y practicar de manera descarada lo que se llama “lectura en frío”.
Efectivamente, en la mayoría de interrogatorios, por lo menos a los que yo he tenido acceso, es el homeópata quién pregunta antes de que el enfermo explique sus dolencias, o inmediatamente después de una sucinta y rápida enumeración de afecciones. Es muy fácil de esta manera influir en el paciente para que reconozca que tiene un síntoma que se le había pasado por alto, o que tal o cual episodio fue en realidad de mayor o menor importancia que la que le dió en su momento, o incluso dotar de nombre a un síntoma que el propio paciente no ha sabido explicar con precisión, y del que sólo el homeópata conoce su verdadero significado. Así cualquiera se siente comprendido y satisfecho. Si te han “adivinado” todos tus síntomas y te han “dirigido” hacia la curación, lo raro sería salir de la consulta sin el convencimiento de que la homeopatía te va curar. Esto sí funciona, no como esos medicuchos del seguro que ni siquiera te miran a la cara y que te despachan en apenas dos minutos… “Si ni siquiera me ha mirado…”, reza un aforismo popular.
Bueno, pues eso, que por birli birloque los homeópatas vuelven a olvidarse de sus bases doctrinales y hacen lo que les da la gana, o lo que les viene más cómodo. Item más, los homeópatas unicistas se atribuyen ser los más acérrimos seguidores del método puro de Hahnemann, en contra de otras corrientes dentro de la homeopatía no tan ortodoxas.
Muchísimos pacientes, algunos con razón y otros sin ella, se quejan de que el actual sistema sanitario imposibilita el contacto personal entre médico y paciente, lo que influye decisivamente en una mala calidad de la medicina pública. ¿Os imagináis que dirían si de pronto los médicos se pronunciaran a favor del diagnóstico y cura por correspondencia?
[El cuestionario, rico en descripciones, puede consultarse desde aquí mismo]