11 noviembre 2011

Le religión y el horror

Una noticia repugnante se asoma hoy a los diarios: un padre decapita a su hija de 18 meses porque se lo había "ordenado el demonio". Primero sobrepongámonos al horror. ¿Ya? Vale.

Cuando los ateos (generalizando, vaya) afirmamos que la religión es la causa de muchísimos males y horrores de nuestra sociedad, que las personas suspenden su capacidad de raciocinio y de sentido común por su culpa, que se legitiman atrocidades y barbaridades en su nombre, que es un puto cáncer que envenena todo lo que toca, que pervierte a nuestros hijos, que emponzoña la convivencia, que anula la libertad individual, que nos hace racistas, homófobos, fascistas (y bastantes cosas más que me da asco y pereza reseñar), sale enseguida a la palestra el preboste de turno a defender la "libertad de conciencia" (¿qué libertad, desgraciado, si desde niños nos habéis dogmatizado y amenazado con la condenación eterna si no agachábamos la cabeza?) y a intentar demostrar la nula relación entre el dogma, las "divinas enseñanzas", y el comportamiento errático y cruel de muchos de sus seguidores más acérrimos. "Esa gente está loca, son desiquilibrados mentales con enormes problemas psíquicos, habría que someterlos a estrictos tratamientos médicos", nos dicen.

Ocurre que la Iglesia forma (o formaba, que lo mismo da) a toda una horda de exorcistas listos para combatir a Belcebú en todas sus manifestaciones, especialmente en posesiones. El Diablo es real, produce daño, es cruel y nos tortura, es la esencia del Mal, nos dicen. Pero cuando algún hijo de puta convenientemente adiestrado en la religión comete un horror como el de la noticia entonces ya no hablamos de religión, hablamos de enfermedades mentales, de desquiciamiento, de locura. ¿Cómo se va a culpar a la religión de una atrocidad semejante, si dios es todo amor y piedad? Lo que ocurre es que la sociedad y el ateísmo han alejado al Hombre de la fe y de los auténticos valores, y el Hombre se ha vuelto loco. Los asesinos creyentes son carne de psiquiatra, no pobres desgraciados pervertidos por la religión.

Cuando un creyente hace el bien en nombre de la religión se gana el paraíso. Cuando un creyente hace el mal motivado por la religión está loco, no es de los nuestros, es un descarriado ateo hijo de puta que no ha entendido bien el mensaje salvífico de nuestro señor.

Yo desde hace muchísimo tiempo me planteé quién de verdad era más hijo de puta, y desde el principio lo tengo del todo claro.