La Musicoterapia lleva poco tiempo entre nosotros como pretendida terapia curativa o sanadora. O no. Porque vamos a ver: desde hace una montonada de años la gente sabe que la música, determinado tipo de música, relaja, tranquiliza y en general "sienta bien". El sufijo "terapia" que los jipilongos y adláteres le han colocado últimamente obedece tan sólo al afán de dotarle de un aura así como de remedio natural para poder sacarle buenos réditos, pero desengañémonos, sigue siendo el meollo el poder natural de la música de "sentarnos bien".
Ahora se ofrecen charlas y sesiones de musicoterapia, acompañada de yoga tántrico o alguna criptogimnasia oriental similar, y sus promotores dicen que cura, que sana, culito de rana, que alivia dolores y diversos males. No. No cura nada ni sana nada. Es lo de siempre, repito: si estamos nerviosos o ansiosos una buena sesión de música tranquila probablemente nos relajará y nos hará sentir mucho mejor. Pero ahí no tiene nada que decir ni el sitar hindú ni el yoga.
¿Qué pasa con el sitar, que tiene unos poderes tan pero tan sanadores que los occidentales no conocemos? ¿Está hecho de algún tipo de madera sagrada, o las cuerdas son nervios de ángeles, o es la forma de tocarlo lo que emite ondas curativas y nos sienta tan bien? Pues nada, no ocurre nada, excepto que es un instrumento totalmente ajeno a nuestra cultura, a cuyos sonidos no estamos acostumbrados y que, por tanto, nos suena lejano y cautivador. Pero ni es más cautivador ni más relajante que el sonido de Narciso Yepes con una Alhambra bien afinada de palo santo del Brasil, o -ni que decir tiene- tiene el mismo poder relajante de Mahler o de Chopin. Además, ¿a qué santo cobrar 10 euros -como ahora mismo en mi barrio- por una sesión de una hora de sitar hindú, si escuchar en casa el Mesías de Haendel sale gratis y relaja más?
Dejémonos de músicas estrambóticas con pretendidas cualidades sanadoras, expongamos a sus promotores como lo que son, proyectos de músicos aficionados que pretenden vivir del cuento de los sonidos orientales, y dediquémonos a cuidar nuestra colección de música particular y de disfrutarla en casa, con buena compañía y una botella de vino del bueno. Y chimpúm.
¡Larga vida al r'n'r!