Digo yo que podría habérsele coscado a nuestro señor que, ya puestos, al nombrar al que sería la "Piedra" sobre la que edificar su iglesia, osease, a San Pedro, podría -decía- haberle traspasado algunos de sus poderes mágicos, como por ejemplo devolver la vista a los ciegos, o algo más pedestre como transmutar el vino en la mismísima sangre del salvador, lo que hubiera sido muy útil para las celebraciones eucarísticas y hubiera evitado importantes transtornos a los curillas de hoy en día, sucesores en nómina del "primero de los pescadores", tal y como está la cosa del alcohol y el tráfico.
Y es que en Italia los carabinieri han estado a punto de enchironar a un párroco por andar conduciendo bajo los efectos del alcohol, lo que demuestra más allá de toda duda que el milagro de la transustantación no opera tan fenómeno como debería y que, como tal milagro, pertenece al mundo de lo sagrado y esotérico, pero no al controlado por los reglamentos de seguridad vial y por la Jefatura de Tráfico del país italiano.
Me puedo imaginar al pobre curilla intentando convencer al guardia de turno que lo que en realidad ingirió durante las misas fué ciertamente la sangre de cristo, y no la mistelilla dulzona y traicionera que suele usarse en estos menesteres, esa que sisábamos cuando niños en nuestros preparatorios de monaguillos (junto con generosas raciones de pan de hostia, eso sí, sin consagrar). Pues no cuela, o no coló, vaya, y el sacerdote tuvo que renunciar a conducir, entregar su carné a los carabinieri y llamar a su familia política para sacarle del embrollo.
Lo que en realidad me interesa más de todo éste asunto no es cómo es que el alcohol delator no se transmutó en la sangre del mesías, tal y como parece obrarse durante la celebración de la eucaristía, sino el que el curilla tragoncete dió casi el doble de índice alcohólico de lo permitido en Italia, y que no correspondería de ningún modo a los cuatro chupitos reglamentarios (uno por misa), sino más bien a una ingesta bastante más sobradita y concienzuda... digamos similar a como si se hubiera detenido el hombre, entre misa y misa, a tomar algún tentempié adicional en alguno de los baretos de carretera cercanos a su parroquia.
En fin, pasemos sobre el asunto de puntillas, aunque hilando fino se le pueda sacar más provecho, y roguemos al jefe superior de tráfico italiano que devuelva al cura los puntos perdidos sin más inconvenientes. Y que el ensotanado de ahora en adelante celebre sus misas con zumito de arándanos, que para el caso...
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