Cambie mi forma de vida hace aproximadamente siete años. Un día iba paseando por el campo cuando en una finca cercada había varias vacas con sus terneros, cuando me acerque al vallado el más curioso se me arrimo y observo en silencio. Era la primera vez que miraba a los ojos de un bebé, me trasmitían tanta ternura. Quién iba a pensar que cuando mi madre de tan pequeña como él me decía come chichia! se refería que engullera la carne muerta de ese animal.
No me pregunté si sería perjudicial para mi salud, si necesitaría suplementar mi alimentación con B12, qué contaría a mi familia, a mis amistades, qué comería en bodas,… No pensé en nada, no había más argumentos para dejar de alimentarme con cadáveres que el que me miraba a través de los hierros. Sólo se dispersaron en el aire unas palabras: “Yo ya no te como”.
Al día siguiente dejé de ingerir carne. Ahora a aquel ternerito que me hizo razonar con el corazón le llamo, aunque no soy creyente ni católica, el Jesús de los animales. Mi existencia comenzó a tomar sentido. Todas mis energías serían destinadas a ellos, a mis amigos los animales. Es una cuestión de justicia no de que me parecen simpáticos y me llevo bien con ellos. Los animales humanos necesitamos mucha dosis de empatía pero no sólo con los que pertenecen a nuestra especie, sino con todos los demás que habitan en el planeta.
Amaia Larrea, Gipuzkoa
Esta carta tan pero tan bonita y dulce es un testimonio más a favor de hacerse vegetariano, y luce tan chula en toda su ternura en un sitio de vegetarianos. Aparte de evidentes moñerías (para mí TODA la carta es una moñería, pero ese "el Jesús de los animales" me ha llegado al fondo) es revelador de uno de los más frecuentes motivos por los que una persona decide hacerse vegetariano. ¿Motivos médicos o de salud? No. ¿Odio a las multinacionales y a la industria cárnica? Tampoco. ¿Proceso interior reflexivo sopesando ventajas y desventajas nutritivas y saludables de las dietas cárnicas y no-cárnicas? Ni por asomo. Fueron los ojitos de ese bebé-ternera, esa mirada (iba a poner "de borrego degollado", pero me abstengo) inocente y suplicante de la criatura la que llevaron a la amiga Amaia -y a miles como ella, me consta- a no comer carne nunca más en su vida.
Lo celebro, en serio. A más tocaremos el resto. Pero es que además:
¿Habrá visto Amaia alguna mirada tierna entre los cientos y cientos de inmigrantes ilegales, harapientos y mal pagados que recogen las lechuguitas y repollitos que ella se come luego tan ricamente?
¿Se habrá conmovido ante el paisaje devastado de media sudamérica en virtud del cultivo de soja, promovido por malvadas multinacionales, y que ella tan saludablemente seguro consume en cantidades protoindustriales?
¿Se le habrá caido alguna lagrimita viendo los denodados esfuerzos de los empleados de las enormes fábricas de productos semi-industriales y artificiales, como el tofú, mientras elaboran hamburguesas, bacon, jamón y chorizos que saben a éso, pero que no son éso?
¿Se enternecerá comprobando cómo millones y millones de niños, esos amiguitos de Jesús, mueren diariamente en el mundo por falta de acceso a proteínas de calidad, como las de la carne o el pescado?
Mucha ternura para tan poco seso, diría yo. Aunque, bueno, se trata de opciones personales, nada más (y nada menos). Así que, si de ética y valores hablamos, allá cada cual con su conciencia.

