30 noviembre 2010
10 noviembre 2010
Algunos científicos también confían en las fases lunares para realizar sus experimentos
Todos sabemos las influencias tan misteriosas y extraordinarias que dicen los magufones provoca la Luna en nosotros y nuestro planeta: que si cambios de carácter, que si aumentan los suicidios, los partos prematuros, las broncas en las discotecas, que si hay que sembrar mijo con luna llena o recolectar el tomate en cuarto creciente. Muchas de ellas, la mayoría, son sólo eso, desvaríos de desocupados, pero hay algunas que no lo son y que pueden provocar cambios en nuestro ambiente mucho más drásticos e importantes de lo que nosotros suponemos.
05 noviembre 2010
Nuestro astrólogo de cabecera vuelve a meter la pata
02 noviembre 2010
Nueva web racionalista y escéptica
Bueno, pues eso, que anuncio el nacimiento de SER RACIONAL, una nueva página web donde tendrá su sede el pensamiento crítico y el escepticismo bien entendido. En realidad no se trata más que de una especie de repositorio de noticias escépticas, TODAS publicadas en otros blogs escépticos o páginas web generalistas, pero procurando dotarle de un carácter más "de noticiero", más cerca de los titulares y sucesos de a diario, intentando, eso sí, proporcionar información suficiente para que el visitante pueda hacerse una idea aproximada de toda la basura, falsedad y mercadeo que hay detrás de todo eso que habitualmente llamamos "lo paranormal".
Consta de una portada, donde se recogen los titulares de las noticias y un somero avance de su contenido, y las secciones correspondientes donde se irán almacenando todas esas noticias para su consulta temática. Temporalmente renovaremos los contenidos aproximadamente cada 30 días, aunque si la actualidad lo requiere acortaremos ese plazo lo que sea menester.
Bueno, esperamos que os guste, que la consideréis útil y, si os parece, que le déis toda la repercusión pública posible. Yo, por mi parte, invertiré todos mis conocimientos como profesional en SEO para promocionar la web y arrebatarles al sector maguferil los primeros puestos en los principales buscadores.
Veremos en qué queda todo. A vuestros pies.
El chupito de Korsakov
Si algo destaca en la fabricación y administración de los productos homeopáticos, por lo de preciso y aparentemente científico, es su precisión: la elaboración del producto, de las dosis y su posología están sujetas a estrictos protocolos y controles por parte del fabricante y del especialista. Las distintas diluciones se obtienen y aplican por alguna razón, dependiendo en primer lugar de la gravedad de la enfermedad a tratar, su estadio, la sensibilidad del paciente, etc.
En los laboratorios homeopáticos de la actualidad, modernas máquinas realizan estas tareas de forma milimétrica, absolutamente automatizada y que deja muy poco margen al error, en muy distinta forma a como se elaboraban los preparados a finales del XVIII y principios del XIX. Las diluciones hahnemianas se solían hacer a mano, con goteros, y las sucusiones también era tarea manual, normalmente golpeando enérgicamente el tubo o frasco de preparación contra una superficie acolchada pero firme, como podía ser la cubierta de un libro forrado en cuero o algo similar.
Pero las diluciones korsakovianas son otro cantar. Korsakov, que estudió y practicó la homeopatía en sus comienzos, aunque luego renegara en gran medida de ella, fue el inventor de este tipo de diluciones, sin duda menos precisas que las hahnemianas, pero que aun hoy en día se utilizan. ¿Y cómo se obtienen estas diluciones? Pues utilizando la asombrosa técnica del “ahí debe quedar”.
Tomemos un frasco. Incorporemos en él 99 cl. de alcohol de 70º y 1 cl. de tintura madre, de producto triturado o de lo que sea. Sucusionemos vigorosamente el preparado un determinado número de veces, y luego vaciemos el frasco en otro de más capacidad. Pues bien, según el método de Korsakov, en el frasco original “debe quedar” algo a sí como 1 cl. de dilución, más o menos, tampoco hay que ponerse demasiado estrictos. Si añadimos entonces otros 99 cl de agua destilada obtendremos un preparado a la primera dilución korsakoviana. Sucesivamente, y repitiendo el procedimiento, claramente a ojo, iremos obteniendo las sucesivas diluciones.
Por supuesto que aquí la precisión de la que hablábamos brilla por su ausencia, pero ello no es óbice para que muchos homeópatas prefieran este método de dilución antes que el tradicional hahnemiano. Imaginemos que a un niño se le receta un jarabe, y en lugar de que el médico nos precise la dosis, en forma de una cucharadita (que además suele venir en el mismo preparado) o un taponcito, el médico nos dice: “Que el niño se arree un trago a la mañana y otro al acostarse”. ¿”Un trago”? Pero oiga, ¿qué manera es esta de prescribir? O si se trata de píldoras puede indicarnos “que el niño se tome unas cuantas”.
¿Y si yo soy de la escuela korsakoviana, pero decididamente torpe, y cuando vacío el frasco me queda el doble de soluto del que sería necesario, o me paso de escurrir y no me queda ni una gotita? ¿Cuánto me debe quedar en el frasco, exactamente? ¿Lo que quede adherido a las paredes de cristal, una gota, dos quizá, un chupito?
Sinceramente, yo la técnica korsakoviana la utilizo cuando me preparo cubalibres, vacío el vaso y me echo otra dosis de Barceló, y sí, a ojo, pero si me dedicara a preparar algo similar a medicamentos, utilizando sustancias casi siempre exóticas, tendría un pelín más de cuidado. Aunque luego no quede de ello ni la repajolera, pero hay que obrar siempre con meticulosidad y precisión científica.
En los laboratorios homeopáticos de la actualidad, modernas máquinas realizan estas tareas de forma milimétrica, absolutamente automatizada y que deja muy poco margen al error, en muy distinta forma a como se elaboraban los preparados a finales del XVIII y principios del XIX. Las diluciones hahnemianas se solían hacer a mano, con goteros, y las sucusiones también era tarea manual, normalmente golpeando enérgicamente el tubo o frasco de preparación contra una superficie acolchada pero firme, como podía ser la cubierta de un libro forrado en cuero o algo similar.
Pero las diluciones korsakovianas son otro cantar. Korsakov, que estudió y practicó la homeopatía en sus comienzos, aunque luego renegara en gran medida de ella, fue el inventor de este tipo de diluciones, sin duda menos precisas que las hahnemianas, pero que aun hoy en día se utilizan. ¿Y cómo se obtienen estas diluciones? Pues utilizando la asombrosa técnica del “ahí debe quedar”.
Tomemos un frasco. Incorporemos en él 99 cl. de alcohol de 70º y 1 cl. de tintura madre, de producto triturado o de lo que sea. Sucusionemos vigorosamente el preparado un determinado número de veces, y luego vaciemos el frasco en otro de más capacidad. Pues bien, según el método de Korsakov, en el frasco original “debe quedar” algo a sí como 1 cl. de dilución, más o menos, tampoco hay que ponerse demasiado estrictos. Si añadimos entonces otros 99 cl de agua destilada obtendremos un preparado a la primera dilución korsakoviana. Sucesivamente, y repitiendo el procedimiento, claramente a ojo, iremos obteniendo las sucesivas diluciones.
Por supuesto que aquí la precisión de la que hablábamos brilla por su ausencia, pero ello no es óbice para que muchos homeópatas prefieran este método de dilución antes que el tradicional hahnemiano. Imaginemos que a un niño se le receta un jarabe, y en lugar de que el médico nos precise la dosis, en forma de una cucharadita (que además suele venir en el mismo preparado) o un taponcito, el médico nos dice: “Que el niño se arree un trago a la mañana y otro al acostarse”. ¿”Un trago”? Pero oiga, ¿qué manera es esta de prescribir? O si se trata de píldoras puede indicarnos “que el niño se tome unas cuantas”.
¿Y si yo soy de la escuela korsakoviana, pero decididamente torpe, y cuando vacío el frasco me queda el doble de soluto del que sería necesario, o me paso de escurrir y no me queda ni una gotita? ¿Cuánto me debe quedar en el frasco, exactamente? ¿Lo que quede adherido a las paredes de cristal, una gota, dos quizá, un chupito?
Sinceramente, yo la técnica korsakoviana la utilizo cuando me preparo cubalibres, vacío el vaso y me echo otra dosis de Barceló, y sí, a ojo, pero si me dedicara a preparar algo similar a medicamentos, utilizando sustancias casi siempre exóticas, tendría un pelín más de cuidado. Aunque luego no quede de ello ni la repajolera, pero hay que obrar siempre con meticulosidad y precisión científica.
Homeopatia veterinaria: si mi perro dice "guau"
La homeopatía veterinaria es un campo fascinante y extraordinario. Si la homeopatía digamos general ya lo es de por sí, esta especialidad se lleva la palma en cuanto a contradicciones, afirmaciones sin pruebas, falta de estudios serios y de estadísticas, etc.
Lógicamente, pensarán algunos, ya que hablamos de animales, y de los animales lo último que podemos esperar es la comunicación hablada o inteligible con nosotros, los humanos, y que nos cuenten sus dolencias. Cuando un animal padece una enfermedad es extremadamente difícil, si los síntomas no son muy claros y tajantes, establecer qué enfermedad le afecta, en qué grado, o cuáles son sus causas. Los veterinarios emiten sus diagnósticos muy frecuentemente con mucha menor fiabilidad que si de humanos se tratara, porque el animal no puede decirle que le duele el bazo, o el páncreas, o una muela.
Sin embargo, los veterinarios homeópatas han dado con la clave: someter al dueño del animal a un interrogatorio especialmente riguroso y concreto. Digo “especialmente” porque lo normal es que un veterinario pregunte al dueño del animal por el comportamiento del mismo, si ha observado algo raro en él, sus cambios de costumbres, sus reacciones ante situaciones especiales, etc. El interrogatorio del veterinario homeópata es muchísimo más exhaustivo; de hecho, incluye preguntas acerca del comportamiento del animal cuya respuesta se debe exclusivamente a la naturaleza del mismo, a sus hábitos alimenticios o sociales y a la educación que ha recibido por parte de su amo. Esto da lugar a que comportamientos a veces innatos, a veces adquiridos, se puedan interpretar de manera errónea como síntomas de una enfermedad.
Lo ilustraré con unos ejemplos:
- Para un homeópata es signo de enfermedad el que un animal reaccione ante sonidos bruscos, como un petardo o un trueno: Phosporus o Borax será el producto indicado. Todos sabemos que a un animal se le puede perfectamente acostumbrar a dichos ruidos, es simplemente cuestión de educación.
- Si al animal no le gusta el calor hay que darle Sulphur. Bueno, ¿y si yo soy dueño de un Alaskan Malamute, perro de Alaska como su nombre indica, acostumbrado por raza a los climas fríos, que detesta el calor y se vuelve inactivo e inapetente cuando la temperatura sube, es que está enfermo? No, por supuesto. Si le gusta el sol, en cambio, hay que darle Pulsatilla. Que yo sepa, y que alguien me corrija, a todos los animales les gusta el sol (salvo a los marinos –y no a todos les disgusta- y a los que viven bajo tierra).
- La sensibilidad a las variaciones meteorológicas se cura con Sulphur. ¿En serio? Mi perro detecta invariablemente cuando va a llover o cuando va a hacer viento. ¿Estará enfermo por eso? ¿Y qué decir de los aviones comunes y las golondrinas, que buscan sus nidos horas antes de que comience una tormenta, también están enfermos?
- Si el animal está avido de afecto hay que darle Pulsatilla (sí, la misma que para los enfermos de “gusto al sol”). ¿Alguien conoce a algun animal domesticado que no esté ávido de afecto (y no hablamos sólo del afecto humano, sino del que obtiene por parte de los de su misma raza o manada o bandada o jauría o lo que sea). De hecho, si el animal busca la soledad está decididamente enfermo, y hay que administrarle Sepia.
- Un animal tiene un apetito cambiante: hay que darle Natrum Muriaticum. ¿Por qué, si precisamente los veterinarios saben mejor que nadie que los animales se autoregulan es este aspecto mucho mejor y eficientemente que los humanos?
- Para un animal celoso lo mejor es darle Lachesis, Hyosciamus o Stramonium. Mi periquito enfermó de celos (o eso al menos creímos notros, no somos etólogos) cuantro entró un perro en casa, se le dejaron de prestar atenciones y se le desbancó del lugar de honor que ocupaba hasta entonces. ¿Se habría curado con más atenciones? Seguramente.
- Cuando un animal está ansioso debido a la soledad, hay que administrarle Arsenicum Album o Phosphorus. Es decir, la ansiedad no es un síntoma de la mala educación o egoísmo del dueño, que lo deja mucho tiempo abandonado, no, es que está enfermo. Por eso pasar más tiempo con él no es la solución: la solución es el arsénico.
- Si el animal tiene un comportamiento dictatorial tampoco se debe a que el dueño no le ha hecho comprender su papel en la colectividad y el animal se ha erigido en dueño y señor. No es cosa de la mala educación, sino que está enfermo, y hay que darle Lypocodium. Igual que si se encoleriza cuando se le regaña, hay que darle Chamomilla o Nux Vómica.
Todos estos ejemplos muestran lo que para los veterinarios homeópatas son síntomas de una enfermedad. El mecanismo de la curación (de la curación que ellos afirman que obtienen) les sigue siendo completamente misterioso, al igual que para los homeópatas digamos ordinarios. Por supuesto que niegan el efecto placebo, ya que argumentan que un animal no puede discernir ni tener capacidad para autosugestionarse.
Pero hay que tener en mente que de todos estos síntomas la mayoría se obtienen a raíz del interrogatorio del propietario, no del animal directamente (faltaría más). Son pues, síntomas completamente subjetivizados, interpretados, y en los casos en que no se está familiarizado con su comportamiento, normalmente erróneos
Precisamente por ello habría que prestar más atención al tema de la autocuración. Los animales nunca han ido al médico. La naturaleza y la evolución les ha dotado de mecanismos de autodefensa ante enfermedades muchísimo más potentes que a los humanos. Su sistema inmunitario se desarrolla casi completamente desde que son crías y la selección natural contribuye en gran manera a que sólo los animales saludables y fuertes sobrevivan. Los pavos y los cerdos comen excrementos, los perros lamen orina de otros perros y frecuentemente ingieren determinadas hierbas que explusan de manera natural a los parásitos intestinales, los lobos consumen carne infestada de animales enfermos, y el buitre leonado (Gyps Fulvus) tiene el récord de la naturaleza: todavía nadie ha descubierto ninguna sustancia orgánica que sea capaz de enfermarle (y no será por lo que comen y el estado en que normalmente se encuentra su alimento). Y existen multitud de ejemplos más.
Conclusión: para variar, yo sacaría la navaja de Occam y me apuntaría a la tésis de la autocuración sin vacilar. De hecho, y teniendo en cuenta lo que sabemos de la naturaleza animal y del nulo efecto que en cualquier ser vivo puede causar una sustancia compuesta molecularmente de nada, es la opción más plausible.
[Repertorio tomado de esta web]
[Otro repertorio más completo y artículos varios]
Lógicamente, pensarán algunos, ya que hablamos de animales, y de los animales lo último que podemos esperar es la comunicación hablada o inteligible con nosotros, los humanos, y que nos cuenten sus dolencias. Cuando un animal padece una enfermedad es extremadamente difícil, si los síntomas no son muy claros y tajantes, establecer qué enfermedad le afecta, en qué grado, o cuáles son sus causas. Los veterinarios emiten sus diagnósticos muy frecuentemente con mucha menor fiabilidad que si de humanos se tratara, porque el animal no puede decirle que le duele el bazo, o el páncreas, o una muela.
Sin embargo, los veterinarios homeópatas han dado con la clave: someter al dueño del animal a un interrogatorio especialmente riguroso y concreto. Digo “especialmente” porque lo normal es que un veterinario pregunte al dueño del animal por el comportamiento del mismo, si ha observado algo raro en él, sus cambios de costumbres, sus reacciones ante situaciones especiales, etc. El interrogatorio del veterinario homeópata es muchísimo más exhaustivo; de hecho, incluye preguntas acerca del comportamiento del animal cuya respuesta se debe exclusivamente a la naturaleza del mismo, a sus hábitos alimenticios o sociales y a la educación que ha recibido por parte de su amo. Esto da lugar a que comportamientos a veces innatos, a veces adquiridos, se puedan interpretar de manera errónea como síntomas de una enfermedad.
Lo ilustraré con unos ejemplos:
- Para un homeópata es signo de enfermedad el que un animal reaccione ante sonidos bruscos, como un petardo o un trueno: Phosporus o Borax será el producto indicado. Todos sabemos que a un animal se le puede perfectamente acostumbrar a dichos ruidos, es simplemente cuestión de educación.
- Si al animal no le gusta el calor hay que darle Sulphur. Bueno, ¿y si yo soy dueño de un Alaskan Malamute, perro de Alaska como su nombre indica, acostumbrado por raza a los climas fríos, que detesta el calor y se vuelve inactivo e inapetente cuando la temperatura sube, es que está enfermo? No, por supuesto. Si le gusta el sol, en cambio, hay que darle Pulsatilla. Que yo sepa, y que alguien me corrija, a todos los animales les gusta el sol (salvo a los marinos –y no a todos les disgusta- y a los que viven bajo tierra).
- La sensibilidad a las variaciones meteorológicas se cura con Sulphur. ¿En serio? Mi perro detecta invariablemente cuando va a llover o cuando va a hacer viento. ¿Estará enfermo por eso? ¿Y qué decir de los aviones comunes y las golondrinas, que buscan sus nidos horas antes de que comience una tormenta, también están enfermos?
- Si el animal está avido de afecto hay que darle Pulsatilla (sí, la misma que para los enfermos de “gusto al sol”). ¿Alguien conoce a algun animal domesticado que no esté ávido de afecto (y no hablamos sólo del afecto humano, sino del que obtiene por parte de los de su misma raza o manada o bandada o jauría o lo que sea). De hecho, si el animal busca la soledad está decididamente enfermo, y hay que administrarle Sepia.
- Un animal tiene un apetito cambiante: hay que darle Natrum Muriaticum. ¿Por qué, si precisamente los veterinarios saben mejor que nadie que los animales se autoregulan es este aspecto mucho mejor y eficientemente que los humanos?
- Para un animal celoso lo mejor es darle Lachesis, Hyosciamus o Stramonium. Mi periquito enfermó de celos (o eso al menos creímos notros, no somos etólogos) cuantro entró un perro en casa, se le dejaron de prestar atenciones y se le desbancó del lugar de honor que ocupaba hasta entonces. ¿Se habría curado con más atenciones? Seguramente.
- Cuando un animal está ansioso debido a la soledad, hay que administrarle Arsenicum Album o Phosphorus. Es decir, la ansiedad no es un síntoma de la mala educación o egoísmo del dueño, que lo deja mucho tiempo abandonado, no, es que está enfermo. Por eso pasar más tiempo con él no es la solución: la solución es el arsénico.
- Si el animal tiene un comportamiento dictatorial tampoco se debe a que el dueño no le ha hecho comprender su papel en la colectividad y el animal se ha erigido en dueño y señor. No es cosa de la mala educación, sino que está enfermo, y hay que darle Lypocodium. Igual que si se encoleriza cuando se le regaña, hay que darle Chamomilla o Nux Vómica.
Todos estos ejemplos muestran lo que para los veterinarios homeópatas son síntomas de una enfermedad. El mecanismo de la curación (de la curación que ellos afirman que obtienen) les sigue siendo completamente misterioso, al igual que para los homeópatas digamos ordinarios. Por supuesto que niegan el efecto placebo, ya que argumentan que un animal no puede discernir ni tener capacidad para autosugestionarse.
Pero hay que tener en mente que de todos estos síntomas la mayoría se obtienen a raíz del interrogatorio del propietario, no del animal directamente (faltaría más). Son pues, síntomas completamente subjetivizados, interpretados, y en los casos en que no se está familiarizado con su comportamiento, normalmente erróneos
Precisamente por ello habría que prestar más atención al tema de la autocuración. Los animales nunca han ido al médico. La naturaleza y la evolución les ha dotado de mecanismos de autodefensa ante enfermedades muchísimo más potentes que a los humanos. Su sistema inmunitario se desarrolla casi completamente desde que son crías y la selección natural contribuye en gran manera a que sólo los animales saludables y fuertes sobrevivan. Los pavos y los cerdos comen excrementos, los perros lamen orina de otros perros y frecuentemente ingieren determinadas hierbas que explusan de manera natural a los parásitos intestinales, los lobos consumen carne infestada de animales enfermos, y el buitre leonado (Gyps Fulvus) tiene el récord de la naturaleza: todavía nadie ha descubierto ninguna sustancia orgánica que sea capaz de enfermarle (y no será por lo que comen y el estado en que normalmente se encuentra su alimento). Y existen multitud de ejemplos más.
Conclusión: para variar, yo sacaría la navaja de Occam y me apuntaría a la tésis de la autocuración sin vacilar. De hecho, y teniendo en cuenta lo que sabemos de la naturaleza animal y del nulo efecto que en cualquier ser vivo puede causar una sustancia compuesta molecularmente de nada, es la opción más plausible.
[Repertorio tomado de esta web]
[Otro repertorio más completo y artículos varios]
Homeopatía por correspondencia
Debo reconocer que, últimamente, y a pesar de sus proverbiales raíces deminonónicas, la homeopatía se está apuntando a la corriente de la modernidad. Así, ya no sólo se imparten cursos vía telefónica –como he descrito en la entrada anterior de este mismo blog-, sino que también se emiten diagnósticos y remedios por correspondencia. Dentro de nada los homeópatas tendrán en el e-mail su instrumento más certero de prescripción y veremos inundada la Red de historias clínicas, todas ellas con nombre y apellidos.
Volvamos a la correspondencia. Por extraño que pueda parecer, fue uno de los fundadores de la corriente homeopática denominada unicista quien determinó, no la idoneidad del sistema, pero sí su aprobación y práctica. El Dr. James Tyler Kent estableció que la enfermedad se produce como consecuencia de la desarmonización de las energías vitales del cuerpo, y que en ella influyen tanto los síntomas locales como los globales. El paciente debe ser objeto de estudio en su integridad, física e intelectual, y en todo lo referente a su salud y a su vida en general, hábitos, costumbres, modo de vida, relaciones personales, vecinales, institucionales, hábitos alimentarios, etc. El estado general del paciente -agudo, crónico, leve…- determina la dosificación del medicamento, en este caso únicamente el Simillimum, es decir, el que produzca sintomas similares en una persona sana.
Y en esto que el Dr. Tyler va y escribe en un artículo lo siguiente:
“Para conseguir este resultado deseable cada caso tiene que ser individualizado, cada síntoma desde la cabeza hasta a los pies, tiene que ser indicado, cada variación de la salud tiene que ser conocida. Cualquier cosa que no esta como tendria que estar es un síntoma y tiene que ser apuntada. La imagen completa de la enfermedad no puede siempre ser indicada en un relato escrito, entonces el médico tiene que ver el paciente al menos una vez. Pero como muchos pacientes quieren ser curados por correspondencia, de hecho en ciertas circunstancias el mismo buen resultado puede ser conseguido por el paciente escribiendo sus síntomas mas sobresalientes, marcados, peculiares y característicos de la misma enfermedad.” [La negrita es mía]
El Dr. Tyler elaboró a tal fin un cuestionario en el cual se fijaban las preguntas mínimas a las que el paciente, cómodamente desde su domicilio, tenía que responder por escrito para explicar su dolencia y permitir al doctor emitir un diagnóstico certero.
Esto puede parecer una solemne tontería, y en verdad que lo es, ya que normalmente es dificilísimo para un lego explicar, y menos aún describir epistolarmente, algunos síntomas o padecimientos concretos. Imaginad a un afectado por hemorroides explicarle por carta al doctor cuáles son sus síntomas: el tamaño, color y hedor de las pústulas, la localización exacta de las mismas, si siente dolor al aplicar presión en la zona, y cómo de grande es dicha presión, si es mucha o poca o muy poca o una barbaridad, si le impide sentarse con normalidad o no o hacia qué lado del sillón inclinarse para no sentir molestias, si sangra mucho o casi nada (¿cuánto es “mucho”?)… En fin, multitud de síntomas que, independientemente de la enfermedad de que se trate, suelen ser en muchas ocasiones más consecuencia de la subjetividad y el sentimiento del paciente que muestras efectivas y concluyentes de que se padece alguna enfermedad.
Pero esto, aún siendo grave y paradójico, no lo es tanto si revisamos los postulados y principios de la homeopatía, y su práctica digamos forense. En efecto, uno de los fundamentos más sólidos con los que cuenta esta pseudociencia, aspecto incluso reconocido como virtud por la mayoría de sus detractores, es el contacto directo con el paciente, la relación personal, la afectividad, el trasiego de ida y vuelta de confianza y fe entre homeópata y paciente. Esta cercanía no sólo procura en el paciente un sentimiento de empatía, y que nadie duda que contribuye en gran manera al posterior desarrollo y eventual mejora de la enfermedad, sino que es fundamental para que el homeópata pueda desarrollar toda su sapiencia interrogatoria y practicar de manera descarada lo que se llama “lectura en frío”.
Efectivamente, en la mayoría de interrogatorios, por lo menos a los que yo he tenido acceso, es el homeópata quién pregunta antes de que el enfermo explique sus dolencias, o inmediatamente después de una sucinta y rápida enumeración de afecciones. Es muy fácil de esta manera influir en el paciente para que reconozca que tiene un síntoma que se le había pasado por alto, o que tal o cual episodio fue en realidad de mayor o menor importancia que la que le dió en su momento, o incluso dotar de nombre a un síntoma que el propio paciente no ha sabido explicar con precisión, y del que sólo el homeópata conoce su verdadero significado. Así cualquiera se siente comprendido y satisfecho. Si te han “adivinado” todos tus síntomas y te han “dirigido” hacia la curación, lo raro sería salir de la consulta sin el convencimiento de que la homeopatía te va curar. Esto sí funciona, no como esos medicuchos del seguro que ni siquiera te miran a la cara y que te despachan en apenas dos minutos… “Si ni siquiera me ha mirado…”, reza un aforismo popular.
Bueno, pues eso, que por birli birloque los homeópatas vuelven a olvidarse de sus bases doctrinales y hacen lo que les da la gana, o lo que les viene más cómodo. Item más, los homeópatas unicistas se atribuyen ser los más acérrimos seguidores del método puro de Hahnemann, en contra de otras corrientes dentro de la homeopatía no tan ortodoxas.
Muchísimos pacientes, algunos con razón y otros sin ella, se quejan de que el actual sistema sanitario imposibilita el contacto personal entre médico y paciente, lo que influye decisivamente en una mala calidad de la medicina pública. ¿Os imagináis que dirían si de pronto los médicos se pronunciaran a favor del diagnóstico y cura por correspondencia?
[El cuestionario, rico en descripciones, puede consultarse desde aquí mismo]
Volvamos a la correspondencia. Por extraño que pueda parecer, fue uno de los fundadores de la corriente homeopática denominada unicista quien determinó, no la idoneidad del sistema, pero sí su aprobación y práctica. El Dr. James Tyler Kent estableció que la enfermedad se produce como consecuencia de la desarmonización de las energías vitales del cuerpo, y que en ella influyen tanto los síntomas locales como los globales. El paciente debe ser objeto de estudio en su integridad, física e intelectual, y en todo lo referente a su salud y a su vida en general, hábitos, costumbres, modo de vida, relaciones personales, vecinales, institucionales, hábitos alimentarios, etc. El estado general del paciente -agudo, crónico, leve…- determina la dosificación del medicamento, en este caso únicamente el Simillimum, es decir, el que produzca sintomas similares en una persona sana.
Y en esto que el Dr. Tyler va y escribe en un artículo lo siguiente:
“Para conseguir este resultado deseable cada caso tiene que ser individualizado, cada síntoma desde la cabeza hasta a los pies, tiene que ser indicado, cada variación de la salud tiene que ser conocida. Cualquier cosa que no esta como tendria que estar es un síntoma y tiene que ser apuntada. La imagen completa de la enfermedad no puede siempre ser indicada en un relato escrito, entonces el médico tiene que ver el paciente al menos una vez. Pero como muchos pacientes quieren ser curados por correspondencia, de hecho en ciertas circunstancias el mismo buen resultado puede ser conseguido por el paciente escribiendo sus síntomas mas sobresalientes, marcados, peculiares y característicos de la misma enfermedad.” [La negrita es mía]
El Dr. Tyler elaboró a tal fin un cuestionario en el cual se fijaban las preguntas mínimas a las que el paciente, cómodamente desde su domicilio, tenía que responder por escrito para explicar su dolencia y permitir al doctor emitir un diagnóstico certero.
Esto puede parecer una solemne tontería, y en verdad que lo es, ya que normalmente es dificilísimo para un lego explicar, y menos aún describir epistolarmente, algunos síntomas o padecimientos concretos. Imaginad a un afectado por hemorroides explicarle por carta al doctor cuáles son sus síntomas: el tamaño, color y hedor de las pústulas, la localización exacta de las mismas, si siente dolor al aplicar presión en la zona, y cómo de grande es dicha presión, si es mucha o poca o muy poca o una barbaridad, si le impide sentarse con normalidad o no o hacia qué lado del sillón inclinarse para no sentir molestias, si sangra mucho o casi nada (¿cuánto es “mucho”?)… En fin, multitud de síntomas que, independientemente de la enfermedad de que se trate, suelen ser en muchas ocasiones más consecuencia de la subjetividad y el sentimiento del paciente que muestras efectivas y concluyentes de que se padece alguna enfermedad.
Pero esto, aún siendo grave y paradójico, no lo es tanto si revisamos los postulados y principios de la homeopatía, y su práctica digamos forense. En efecto, uno de los fundamentos más sólidos con los que cuenta esta pseudociencia, aspecto incluso reconocido como virtud por la mayoría de sus detractores, es el contacto directo con el paciente, la relación personal, la afectividad, el trasiego de ida y vuelta de confianza y fe entre homeópata y paciente. Esta cercanía no sólo procura en el paciente un sentimiento de empatía, y que nadie duda que contribuye en gran manera al posterior desarrollo y eventual mejora de la enfermedad, sino que es fundamental para que el homeópata pueda desarrollar toda su sapiencia interrogatoria y practicar de manera descarada lo que se llama “lectura en frío”.
Efectivamente, en la mayoría de interrogatorios, por lo menos a los que yo he tenido acceso, es el homeópata quién pregunta antes de que el enfermo explique sus dolencias, o inmediatamente después de una sucinta y rápida enumeración de afecciones. Es muy fácil de esta manera influir en el paciente para que reconozca que tiene un síntoma que se le había pasado por alto, o que tal o cual episodio fue en realidad de mayor o menor importancia que la que le dió en su momento, o incluso dotar de nombre a un síntoma que el propio paciente no ha sabido explicar con precisión, y del que sólo el homeópata conoce su verdadero significado. Así cualquiera se siente comprendido y satisfecho. Si te han “adivinado” todos tus síntomas y te han “dirigido” hacia la curación, lo raro sería salir de la consulta sin el convencimiento de que la homeopatía te va curar. Esto sí funciona, no como esos medicuchos del seguro que ni siquiera te miran a la cara y que te despachan en apenas dos minutos… “Si ni siquiera me ha mirado…”, reza un aforismo popular.
Bueno, pues eso, que por birli birloque los homeópatas vuelven a olvidarse de sus bases doctrinales y hacen lo que les da la gana, o lo que les viene más cómodo. Item más, los homeópatas unicistas se atribuyen ser los más acérrimos seguidores del método puro de Hahnemann, en contra de otras corrientes dentro de la homeopatía no tan ortodoxas.
Muchísimos pacientes, algunos con razón y otros sin ella, se quejan de que el actual sistema sanitario imposibilita el contacto personal entre médico y paciente, lo que influye decisivamente en una mala calidad de la medicina pública. ¿Os imagináis que dirían si de pronto los médicos se pronunciaran a favor del diagnóstico y cura por correspondencia?
[El cuestionario, rico en descripciones, puede consultarse desde aquí mismo]
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