Una cosa ha destacado, casi por encima de la misma tragedia, en todo el penoso asunto del terremoto de Japón y de los accidentes con sus centrales nucleares: el terrible grado de desinformación, cuando no manipulación directa, del que han sido objeto estos sucesos por parte de los medios de comunicación. Algunos por exceso (los detractores de la energía nuclear) y otros por defecto (los que están a favor) nos han martilleado desde todos lados con informaciones segadas, imprecisas y en algunos casos claramente falsas y dirigidas.